Identidades

Con su famosa frase “no se nace mujer, se llega a serlo”, Simone de Beauvoir había hablado de género sin saberlo. La identidad femenina era, para una filósofa existencialista como ella, un proyecto, no algo inherente a todo ser humano hembra solo por haber nacido con aparato reproductor femenino.

¿Es el género al sexo, lo que la cultura a la naturaleza? El patriarcado se basa en una serie de mitos sobre la feminidad y la masculinidad que lo sostienen y justifican. Madres, padres, escuela, círculo social, medios de comunicación… Todos los agentes de socialización repetirán a lo largo de nuestra infancia el mismo discurso: las mujeres son naturalmente débiles, emocionales, vengativas, manipuladoras; los hombres son naturalmente fuertes, racionales, competitivos y agresivos. Estos roles sociales (cultura) los interiorizamos hasta tal punto que se convierten en verdades absolutas, en una supuesta esencia (naturaleza).

En psicología, se llama profecía autocumplida a aquella creencia que acaba confirmándose precisamente porque nuestra conducta intenta ser coherente con ella. Si creo que no soy buena en química (en parte porque mis profesora/es no esperan que lo sea, porque no tengo referentes de mujeres químicas, reales o ficticias; porque se me anima a dedicarme a profesiones más femeninas como enfermería o trabajo social…), probablemente no me esfuerce lo suficiente y acabe de hecho por no ser buena en química.

Reshma Saujani, en su charla TED Teach girls bravery, not perfection, advierte de que socializar de manera femenina puede perjudicarnos. "A la mayoría de las niñas se las enseña a evitar el riesgo y el fracaso. Se las enseña a ser perfectas. y, a los niños, a ser valientes."
Saujani observa que cuanto mayor es el coeficiente intelectual de una chica, con más facilidad se da por vencida, prefiriendo no mostrar su progreso antes que mostrar algo imperfecto. ¿Te suena?

Entonces, ¿debemos apropiarnos de cualidades tradicionalmente masculinas? La valentía, la perseverancia e incluso la agresividad son algunas positivas, pues nos orientan hacia la acción.
Hay quien considera que abrazarlas conllevaría, a su vez, un alto grado de misoginia: estaríamos rechazando lo femenino, así como igualando "empoderamiento" a "masculinidad". El mejor ejemplo de esto es el personaje de Mulán, quien solo pudo llevar a cabo sus hazañas en la guerra bajo la apariencia de un hombre. Por lo tanto, en la película, todo lo que conseguía realizar no era atribuible a su condición de mujer, sino a la negación de la misma.
No obstante, considero que, en parte, no estamos traicionando nuestra propia identidad porque la feminidad no lo es. Recordemos que el género es una construcción sociocultural.
Aún así, hemos de preguntarnos qué aspectos de la feminidad nos interesa conservar. Es difícil encontrar uno que no esté ligado a la pasividad, la belleza o la abnegación. Por otro lado, la masculinidad también puede ser tóxica y ahoga a muchos hombres. Está claro que no nos interesa imitar eso.
Anaïs Nin escribió: "El día que la mujer admita lo que nosotros llamamos sus cualidades masculinas, y el hombre acepte sus llamadas cualidades femeninas, significará que reconocemos que somos andróginos, que tenemos muchas personalidades, muchas facetas que desarrollar".


Si hoy en día, asimismo, sabemos que no sólo existen mujeres y hombres (ya sean cis o trans), sino personas que no entran dentro de ninguna de esas categorías, ¿qué sentido tiene hablar de género? ¿Y si, en vez de seguir reproduciendo roles, nos correspondan o no, evitamos limitar con etiquetas nuestra expresión de género?

Yo siempre me he identificado con el género femenino porque mi cuerpo no me es extraño, es decir, no sufro disforia de género. En contraste, sí existe en mí disconformidad de género, pues a nivel conductual no me identifico con ninguno. Sería ingenuo afirmar que no adopto inconscientemente un rol femenino por haber nacido hembra, pero puedo deconstruirme. La cultura de la androginia no solo supondría la abolición del género y la consecuente destrucción del patriarcado desde su raíz; también sería la cultura de la verdadera diversidad: la humana.

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