¿Libres y poderosas?

La era del feminismo liberal. Mujeres adultas, jóvenes, adolescentes, niñas sexualizadas; cada vez más pronto. Esta vez por “voluntad propia”. Redes sociales inundadas de semi nudes en poses sexualmente explícitas.
Gran parte de las jóvenes se harían llamar feministas liberales si supieran lo que el término significa: creer que desafiar las clásicas normas del recato y la “decencia” (esas que nos han impedido disfrutar de nuestra sexualidad durante siglos) es revolucionario. Nos inspiramos en personajes como Samantha Jones  de Sexo en Nueva York o Yoli de Física o Química, que nunca se avergonzaron de su promiscuidad.


Queremos masculinizar nuestro comportamiento sexual, pero ¿estamos en las mismas condiciones que los hombres para disfrutar? Queremos empoderarnos a través del sexo, pero ¿tenemos realmente el poder?
Poder es libertad de decisión: Yo elijo libremente depilarme y llevar tacones. Para agradarme a mí misma, no a los demás. Pero, como se pregunta la magnífica Rachel Bloom en el vídeo musical Put Yourself First de la serie Crazy Ex Girlfriend, "si lo hago para mí misma, ¿no debería estar cómoda?"


Según el feminismo radical, no se puede hablar de libre albedrío cuando se vive en sociedad. Lo personal es político; por lo tanto, nuestras decisiones están influenciadas por el contexto social, cultural y económico. Si en el patriarcado existen unas marcadas relaciones de poder entre hombres y mujeres, en el ámbito sexual las reproduciremos. No es casualidad que las fantasías de muchas de nosotras estén relacionadas con la sumisión y el maltrato físico.

Podría decirse que las feministas radicales son teóricas de la llamada libertad positiva en el sentido de que prestan atención a los factores internos (sugestión, motivos emocionales e inconscientes) que determinan nuestras acciones, más que a los externos (coacción física).

Lo que creemos que hacemos libremente, en realidad lo hacemos para agradar a la mirada masculina vigilante que interiorizamos hasta tal punto que somos nosotras mismas quienes nos autocosificamos. Por eso, cuando mostramos en Instagram nuestros cuerpos desnudos bajo lemas body positive, cabe preguntarnos si nuestras poses están estudiadas de tal forma que nos acerquemos, casualmente, al canon de belleza actual.
Se trata de analizar, no de juzgarnos a nosotras mismas ni a otras mujeres. Al fin y al cabo, el comportamiento mencionado es comprensible: existe un doble miedo a ser un objeto sexual y a la vez a no ser deseadas.

¿Dónde está el límite entre la libertad sexual y la autocosificación? Caroline Heldman reflexiona en su charla TED The Sexy Lie sobre la diferencia entre sujeto sexual y objeto sexual. Es sencillo: el primero realiza una acción (es activo), mientras que el segundo la recibe (es pasivo). Por lo tanto, desde un punto de vista filosófico, de ninguna manera puede haber poder en ser un objeto sexual.

Sin embargo, hay quién arguye que una mujer que acepta y explota ese rol obtiene beneficio de ello. A niveles prácticos, probablemente; pero tanto su poder como su libertad seguirán siendo un mero espejismo. Ayme Roman explica en un vídeo sobre el tema que, teniendo en cuenta que a las mujeres se nos anima a mostrar nuestra sexualidad (prostituta) a la vez que a ocultarla (madre o santa), pasar de un rol a otro supone seguir moviéndonos en las reglas del juego patriarcal.


Entonces, ¿cómo (re)convertirnos en sujetos sexuales?
Reafirmando nuestro derecho a decir no. Liberación sexual no equivale a tener mucho sexo, al contrario de lo que mucha gente cree. Liberación sexual eses elegir si acostarnos con muchas personas, solo con una o con ninguna, pero en unas condiciones tales que sintamos que tenemos el poder.
No es empoderante tener un sexo que no disfrutemos porque la otra persona (o las otras) nos ha tratado de forma egoísta. Nuestro propio placer está esperando a que lo redescubramos y cuidemos.


El feminismo liberal no convence a las más radicales por su falta de análisis introspectivo (por qué hago lo que hago y hasta qué punto estoy coaccionada por la sociedad). Sin embargo, me parece interesante como primera fase o puente hacia el feminismo radical.
Dicha primera fase sería una necesaria pre-liberación o "estallido" en el que desplegaríamos nuestra sexualidad para, más adelante, ir puliendo nuestra relación con ella (liberación per se).

En cualquier caso, una mujer que muestre su sexualidad sin vergüenza sigue siendo intolerable para muchos hombres heterosexuales que acogen nuestra sexualización con agrado a la vez que la condenan. Ellos no dudarán en utilizar el slut shaming con la intención de disuadirnos: los insultos, los comentarios despectivos y los excesos de confianza estarán garantizados (más de lo normal). Quizás lidiar con todo eso con la cabeza bien alta, al más puro estilo Samantha Jones, sí sea revolucionario, al fin y al cabo.



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